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Estudio 591 - Buscaré Que Mis Palabras Sean Con Gracia, Agrado Y Sazonadas Con Sal - Colosenses 4:6
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IGLESIA CRISTIANA MEGA ZOE                                                              ESTUDIO BÍBLICO #591- IGLESIA EN LAS CASAS                                 PASTORA EDITH CRUZ                                                                                                SEMANA DEL 12 @ 18 DE MAYO DE 2009

 

Tema: “Buscaré Que Mis Palabras Sean Con Gracia, Agrado Y Sazonadas Con Sal” Colosenses 4:6

 

          ¡Cuánto cuidado debemos tener! Porque estamos rodeados de ángeles y de cada palabra que decimos hemos de dar cuenta.  Como iglesia debemos saber que estamos en el mundo, pero no somos del mundoJehová demanda santidad de nuestros ojos  así como también de nuestras bocasPor eso, nosotros los creyentes no hablamos nuestras palabras sino la palabra del Señor.  Si hablamos palabras malas, entonces dejamos ver que en nosotros no está el SeñorNuestra voz, lo que hablamos debe ser de Dios.  Sean nuestras palabras siempre con graciaCuando hablamos para contender con otros que nos son salvos y con otros que dicen ser religiosos, debemos tener cuidado de lo que hablamos.  Porque discutir para nada sirve a nadie, ya que de esa manera a las personas no se les convence de pecado

La palabra de Dios no es para contender.  En una discusión no hay nada bueno sino una molestia.  En el discutir se ve que hay una censura.  A ninguna alma se puede ganar bajo la base de una discusión, porque la discusión nunca servirá para nada.  La vida que llevamos, nuestro testimonio de todos los días es lo que en verdad les habla y dice que Cristo vive en nosotrosPor nuestras vidas es que podemos atraer a otros.  A nosotros se nos impone la gran responsabilidad, el deber de mostrar a Cristo a los demás con nuestra vida diaria.  Para abrir nuestras bocas tenemos que hacerlo con gracia.  Debemos tener gracia, simpatía en nuestra manera de hablar, en la respuesta que se merece y se le debe dar a cada uno.  A veces, algunos son muy   atrevidos hablando en secreto, pero allí hay un ángel escuchándoles y también está el Espíritu Santo. 

Cuando nos toque hablar debe ser con gracia, con atractivo y agrado.   A nosotros se nos da la regla de que nuestras palabras sean con gracia, con atractivo, con deseo de agradar.  Algunas personas cuando hablan quieren crear misterio y horror.  ¿Qué procuramos cuando hablamos con tanto horror?  Otros hablan con mucha burla, con sarcasmo e ironía.  A veces, también se habla con orgullo, con la prepotencia de creer estar en esa verdad absoluta.  Hay que darse cuenta que la gente no tiene por qué escucharnos, están muy ocupados. Pero, cuando lo hacen, debemos buscar que nuestras palabras sean con gracia, agrado y sazonada con sal.  Nada perdemos con ser amables y corteses.  A veces nos convertimos en personas frívolas,  impuras, llenos de amargura. Que no sea así.

Una palabra sazonada tiene que penetrar en la persona que nos oye.  El creyente no ha nacido para bregar las cosas con ligereza.  Cuando se da un consejo no se puede ser frívolo, porque uno se tiene que hacer entender con paciencia y amor.  El que no es profundo no transforma las vidas.  A veces no podemos ser esas personas profundas porque queremos vivir superficialmente, sin empuje, sin fuerzas.  Para que otros sean transformados debemos  hablar de parte de Dios con fuerza, no ser livianos.  Por eso, no se puede hablar lo malo, porque al hacerlo se participa de todo lo vano.  Una palabra con sazón no puede ser con impureza.  Lo impuro produce pesadez, molestia a los oídos cuando alguien escucha.  Cuando Dios nos da la oportunidad de hablar bien y en cambio llevamos impureza, le hacemos mucho daño a los que nos oyen. 

La amargura aflige y en vez de hacer bien hace mal.  Cuando se hablan palabras sin amor es porque se nos ha olvidado que hay personas que nos prestan sus oídos para escucharnos.  Hay quienes usan un juego de palabras para decir lo que hay dentro de ellos.  Debemos saber que la sal que nos pide el Señor en nuestro hablar debe ser mediante una conversación sincera y sin doblez.  El castigo no es para el que cree la mentira, sino para el que la dice.  Cuando entramos en una conversación donde alguien toma la posición de escuchar, nosotros debemos hablarle con sinceridad y sin doblez.  Cuando vamos a bregar algo nos debemos entregar a la conversación.  Nuestras palabras nunca deben ser aburridas, sin contenido ni insípidas porque al fin y al cabo esto habla de lo que hay en nosotros.  En una conversación sale lo sano o lo frívolo, la buena o la mala intensión de nuestras vidas.  Nuestra conversación debe ser siempre valiosa y provechosa. 

Debemos desear tener siempre palabras sazonadas con sal e ingenio para que haya en nuestras bocas sabiduría.  Con sabiduría podemos hacer mucho bien, ayudar más a otros.  Nuestra boca es la boca del Padre, para lo que Él quiere hablar.  Cuando se manifestó esa gracia en Jesús conquistó el oído de la samaritana.  Como Jesús, nuestras vidas tienen que ser puras y eso es lo que se escuchará.  Nuestras palabras deben ser sazonadas para saber cómo respondemos a cada uno, de acuerdo a lo que las personas necesitan.  Hay un gran problema si no sabemos cómo responder.  Cuando uno no sabe se queda callado.   Sepamos responder a cada uno.  Jesús sabía lo que tenía que hablar, en Él había gracia para contestar a cada uno lo que tenía que contestar.  Tenía sazón en su hablar, por eso nadie lo confundió porque conocía la verdad.  Debemos saber contestar al hermano y al impío con palabras de sabiduría y de fidelidad.  Aprendamos la fidelidad.   La gracia de Dios se nos ha dado a través de Cristo para que seamos libres y ya no seamos cautivos y presos de nadie.  Amén. 

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